El fenómeno de El Niño continúa fortaleciéndose y los organismos meteorológicos internacionales anticipan un período de especial atención hacia el último tramo de 2026. El calentamiento del océano Pacífico ecuatorial podría alcanzar niveles muy elevados durante la primavera y comienzos del verano, con posibles consecuencias sobre las lluvias, las temperaturas y la disponibilidad de agua en distintas regiones de América Latina.
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) confirmó en su actualización de agosto que las condiciones del ENOS son consistentes con una fase cálida, es decir, con la presencia de El Niño. Además, los modelos utilizados por el organismo señalan una probabilidad cercana al 100% de que el fenómeno continúe durante el trimestre agosto-septiembre-octubre.
Las proyecciones de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) también muestran un escenario de intensificación. Para el período octubre-diciembre, los modelos ubican el fenómeno en niveles compatibles con un episodio muy fuerte, mientras que las condiciones podrían mantenerse hasta comienzos de 2027.
Sin embargo, los especialistas remarcan que la intensidad de El Niño no permite determinar por sí sola qué sucederá en cada territorio. El fenómeno puede aumentar las probabilidades de determinados patrones climáticos, pero sus efectos dependen también de las condiciones atmosféricas y geográficas de cada región.
Lluvias intensas, sequías y temperaturas extremas
El Niño modifica la circulación atmosférica y puede generar respuestas muy diferentes según la zona. En algunos sectores de Sudamérica aumenta la probabilidad de precipitaciones por encima de los valores habituales, mientras que otras regiones pueden atravesar períodos más secos y cálidos.
Las consecuencias pueden incluir lluvias intensas, inundaciones, déficit de precipitaciones, olas de calor y una mayor presión sobre los sistemas de abastecimiento de agua.
La NOAA advierte que incluso los episodios más fuertes no producen necesariamente los mismos impactos en todas las regiones. No obstante, una mayor intensidad del fenómeno puede inclinar las probabilidades hacia los patrones climáticos que históricamente se asocian con El Niño.
A este escenario se suma el contexto de calentamiento global, que puede contribuir a intensificar algunos extremos de temperatura y aumentar la vulnerabilidad de las poblaciones frente a eventos climáticos.
El riesgo sanitario también entra en escena
Los efectos de El Niño no se limitan al comportamiento de las lluvias y las temperaturas. Los cambios en las condiciones ambientales pueden repercutir sobre la salud pública, especialmente en zonas donde existen problemas de infraestructura, acceso al agua segura o control de enfermedades transmitidas por vectores.
Uno de los puntos de atención es el dengue. Las temperaturas elevadas y determinadas condiciones de humedad pueden favorecer la presencia y reproducción del mosquito Aedes aegypti, mientras que los períodos de escasez de agua también pueden generar un problema adicional cuando las familias deben almacenarla en recipientes que pueden convertirse en criaderos.
Por eso, la evolución del fenómeno climático también es seguida con atención desde el ámbito sanitario. La vigilancia epidemiológica y el control de criaderos permiten anticiparse a escenarios de mayor circulación del virus.
El agua, un factor clave
El acceso al agua segura será otro de los aspectos centrales durante los próximos meses.
En escenarios de lluvias intensas, las inundaciones pueden afectar pozos, sistemas de distribución y redes cloacales, aumentando el riesgo de contaminación. En períodos secos, en cambio, la menor disponibilidad de agua puede dificultar la higiene y favorecer su almacenamiento domiciliario.
Por este motivo, la prevención requiere mantener en condiciones los sistemas de abastecimiento, reforzar los controles sobre la calidad del agua y evitar la acumulación de recipientes que puedan convertirse en criaderos de mosquitos.
La prevención, antes que la emergencia
El escenario previsto no significa que todas las regiones vayan a atravesar inundaciones, sequías o un aumento de enfermedades. Los pronósticos climáticos trabajan con probabilidades y permiten identificar escenarios de mayor riesgo, pero no pueden determinar con exactitud qué ocurrirá en cada localidad.
La ventaja está en utilizar esa información con anticipación. Reforzar la vigilancia meteorológica y epidemiológica, preparar los sistemas de salud, garantizar el acceso al agua segura y eliminar posibles criaderos de mosquitos son algunas de las medidas que pueden reducir el impacto.
Con El Niño fortaleciéndose y con los pronósticos apuntando a un episodio particularmente intenso hacia fines de 2026, la principal herramienta disponible es la preparación. El fenómeno todavía puede evolucionar, pero las señales actuales ya permiten anticipar los posibles escenarios y tomar medidas antes de que lleguen los meses de mayor impacto.



