Dos economías al precio de una
Los últimos datos del INDEC muestran una economía que crece, pero que se para y vuelve a arrancar sin encontrar la velocidad crucero. En el primer trimestre del año, el PBI se expandió 0,7% respecto del trimestre anterior y 2,3% en la comparación interanual. Sin embargo, el dato más reciente enfría el entusiasmo: en abril la actividad cayó 1,5% respecto de marzo, aunque quedó 1,6% por encima del mismo mes de 2025. Un crecimiento leve, todavía no garantizado para el conjunto del año.
Al abrir ese 1,6% de abril, la foto muestra que, de las quince ramas del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), más de la mitad cayó en la comparación interanual. Toda la variación positiva del mes se explica por dos sectores vinculados a los recursos naturales:
- minería creció 17,1%,
- agro creció 10,9%.
Sin ellos, abril habría cerrado en rojo también contra el año pasado. La industria mostró un retroceso del 2,9% interanual; el comercio, del 3,2% y la construcción, del 1,8%.
No es sólo un problema de composición. Los sectores que empujan la actividad aportan poco al empleo. Los que caen son, en cambio, los grandes empleadores. La economía crece, pero se apoya en una base productiva cada vez más angosta. Y cada vez menos gente vive de esa base.
El silencioso agujero del entramado productivo
El mercado laboral confirma ese cuadro. El desempleo trepó a 7,8% en el primer trimestre. Pero el dato que más preocupa es otro: la tasa de informalidad llegó al 44,2%. Cerca de seis millones de personas trabajan por fuera del sistema: sin aportes, sin obra social, sin aguinaldo, sin cobertura ante un despido.

La composición del dato también dice algo. En un año, el empleo asalariado formal en los grandes conglomerados urbanos se contrajo en 100.000 puestos. En paralelo, el cuentapropismo sumó 200.000 personas. Todavía no falta trabajo, pero desaparece el de mejor calidad y aparece otro más precario en su reemplazo. Por el momento, el ajuste se descargó, no tanto sobre la desocupación, sino sobre las condiciones laborales.
Detrás de esa recomposición, hay algo estructural: las empresas que ofrecen empleo registrado están desapareciendo. Entre noviembre de 2023 y abril de 2026, se perdieron 28.262 empresas empleadoras en forma neta, un 5,5% del total, según el Monitor Mensual de Empresas de Fundar. En 25 años, no había cerrado tanta empresa tan rápido. Muchas son Pymes, aunque la lista también incluye plantas medianas y grandes. Los sectores más golpeados son los que compiten con importaciones o los más dependientes del mercado interno. Y ninguna provincia, con la excepción de Neuquén, zafa de esta tendencia.
El dólar barato sale caro
¿Por qué está pasando esto? Porque producir hoy en la Argentina, medido en dólares, es caro. El plan económico de Milei trajo una novedad y una continuidad con respecto a los esquemas de los gobiernos anteriores. La novedad es el equilibrio presupuestario; la continuidad, la apreciación de la moneda. Desde Martínez de Hoz, todo gobierno que tuvo la posibilidad de establecer un dólar bajo, con la excepción del período 2002-07, lo hizo. ¿El motivo? Permite bajar la inflación. ¿El problema? No es sostenible.

El índice de tipo de cambio real multilateral que publica el Banco Central (la medida más habitual de competitividad cambiaria) lo muestra con claridad: tras la devaluación de diciembre de 2023, el índice había saltado hasta la zona de los 130 puntos; hoy se ubica en torno a los 85, prácticamente el mismo valor que antes de la devaluación. La perspectiva histórica es aún más elocuente. El nivel actual es comparable al de los 90 y queda muy por debajo del promedio posterior a 2002, cercano a los 160.
¿Qué significa esto en la práctica? Que cada salario, cada alquiler y cada flete son caros al medirlos en dólares. Para el que exporta, o para el que compite en el mercado interno con productos importados, la cuenta se hace cuesta arriba antes de prender la máquina. Hasta ahora, todas esas experiencias terminaron igual.
Esta vez la pregunta es si los dólares de Vaca Muerta y la minería son suficientes: pueden serlo para sostener el valor del dólar, pero no para generar trabajo a todos los argentinos. Y peor aún si los costos en pesos no bajan.
La suma de los pesos
El primer nudo es tributario. La reforma que se anunció al inicio de la gestión y que pide el FMI no llegó. El argumento oficial es que no hay margen fiscal para bajar impuestos. Pero una reforma tributaria no tiene por qué reducir la recaudación total y puede mejorar sustancialmente su composición. Es posible aliviar los impuestos más distorsivos (los que se pagan sobre facturación, sobre transacciones bancarias, sobre las exportaciones) y compensarlos con otros que graven a los ingresos y patrimonios de manera más equitativa y menos ruidosa.
El segundo nudo es logístico. La inversión pública pasó de representar 2,6% del PBI en 2023 a apenas 0,4% en el Presupuesto de 2026. La caída acumulada del gasto de capital nacional entre 2023 y 2025 superó el 79% real. Y no se detuvo: sólo en el primer semestre de este año, la obra pública cayó otro 32,4% en términos reales respecto de igual período del año pasado. La Cámara Argentina de la Construcción estima que la falta de mantenimiento genera una “deuda en infraestructura” del orden de los 22.000 millones de dólares por año en rutas, puentes, redes de gas y cloacas. Cada camión que sale arrastra ese costo extra.

El tercero es financiero. El costo del crédito en la Argentina sigue siendo más caro que en el resto del mundo. Y el flujo de crédito no está yendo mayoritariamente a inversión productiva: según la UIA, cerca de la mitad de las industrias tuvo dificultades para pagar salarios, proveedores o impuestos en abril, y una parte importante tomó deuda de corto plazo para tapar agujeros. El financiamiento no está fondeando la expansión: está fondeando la supervivencia.
Por eso no se invierte
Estos tres costos, sumados a la apreciación, ayudan a explicar una anomalía que no debería estar ocurriendo. Cuando la actividad crece, la inversión suele acompañar. Acá está ocurriendo lo contrario. La inversión cayó 11,6% interanual en el primer trimestre, la cuarta caída trimestral consecutiva, y quedó en 14,3% del PBI: mínimo desde la pandemia y muy lejos del 25% que se considera necesario para sostener el crecimiento en el tiempo. Las cantidades importadas de bienes de capital se derrumbaron 14% en los primeros cinco meses del año.
No es una decisión ideológica de los empresarios, es aritmética. Con la actual configuración de costos y tipo de cambio, la mayoría de los proyectos de inversión no cierra. Y las señales que envía el sector privado —cuando compra menos máquinas, cuando importa en vez de producir, cuando toma crédito para sobrevivir en lugar de para crecer— apuntan exactamente en esa dirección.
La cancha inclinada, del lado equivocado
En este contexto, la apertura de la economía es la gota que rebalsa el vaso. Los empresarios argentinos no están reclamando proteccionismo: reclaman reglas parejas. Un fabricante local compite con productores del resto del mundo que operan bajo estructuras impositivas y logísticas distintas. Brasil, por ejemplo, cargaba hasta hace poco con un sistema en cascada muy parecido al de Ingresos Brutos, pero aprobó una reforma tributaria que ordena y simplifica ese esquema. Argentina no lo hizo.
Todos los países cobran impuestos: son la manera de financiar el Estado y, cuando están bien diseñados, un instrumento clave para redistribuir. El problema no es que exista carga tributaria, sino cómo está armada. En la Argentina, buena parte de la recaudación descansa justamente sobre esos tributos, que encarecen cada eslabón de la cadena productiva. Combinados con un peso encarecido, la ecuación inclina la cancha en favor del que produce afuera. La evidencia está en los balances: hay firmas que cerraron su planta y se reconvirtieron en importadoras de su propio producto.
El orden de los factores sí altera el producto
Se puede argumentar que estabilizar cuesta. Es cierto: en todo proceso de desinflación algo se rompe. La pregunta no es si hay costos, sino su magnitud, cómo se distribuyen y en qué momento aparecen.
Los planes que en la región y en el mundo lograron bajar inflaciones altas de manera durable (Israel en 1985, Perú en 1990, Brasil en 1994) arrancaron con el tipo de cambio real alto. Antes o, al mismo tiempo, hicieron reformas que reducían los costos internos: la fiscal, la comercial, acuerdos de precios y salarios. La apreciación real, cuando llegó, fue una consecuencia del proceso, no una precondición. Israel devaluó 20% al arrancar el programa. Perú desreguló mientras estabilizaba. Brasil lanzó el plan Real con una economía ya abierta, pero con un tipo de cambio alto.

El camino inverso también se probó. Las “tablitas” de fines de los 70 (la de Martínez de Hoz acá, las de Chile y Uruguay en paralelo) usaron la apreciación cambiaria como ancla sin bajar antes los costos internos. Las tres colapsaron. Chile recién logró una desinflación duradera en los 90, cuando combinó las reformas con un tipo de cambio real alto y competitivo.
Este Gobierno invirtió el orden. Usó el tipo de cambio como ancla desde el día uno (primero con un crawl al 2%, después al 1%, después con bandas) y dejó las reformas de fondo para más adelante. La reforma tributaria integral y la de coparticipación siguen pendientes. La inflación está bajando. Pero mientras baja, la industria se apaga, las pymes cierran, el empleo formal se achica y el consumo masivo se hunde.
En los planes que salieron bien, el aparato productivo llegaba al final del proceso con inflación baja y competitividad razonable. Acá corre el riesgo de llegar sin inflación y sin fábrica. Todavía se puede corregir el rumbo: adaptar el esquema cambiario, rebalancear el sistema tributario, recuperar la inversión pública en infraestructura, encauzar el crédito hacia la producción y abrir la economía (sí, abrir) pero con los deberes internos hechos. En ese orden.
Porque una cosa es estabilizar. Otra muy distinta es hacerlo dejando a media Argentina afuera del país que se estabiliza.
Fuente: TN



